DOCUMENTO QU EMANDA EL DOCTOR MATHEO, GRACIAS
Educación y eticidad en tiempos de la
eficiencia[1]
Miguel de
la Torre Gamboa[2]
Presentación
Ante la apabullante difusión actual y el impacto generalizado de
pedagogías y filosofías de la educación con una perspectiva eficientista y
economicista, que sólo reconocen algo valioso en la educación cuando ésta sea
capaz de contribuir al desarrollo económico y social, parecieran un
despropósito y un anacronismo hablar de
otro modo sobre la educación, reivindicar un enfoque cuyo propósito sea el de aportar
respuestas al “qué” y al “para qué” de la educación como fenómeno
humano-cultural y organizado en torno de fines de realización humana y de
conformación de ambientes sociales de justicia, equidad y solidaridad; sin
embargo, y precisamente por la enorme influencia de las pedagogías de la
eficiencia es que es necesario reivindicar a la filosofía de la educación como
una reflexión sobre la educación en tanto que proceso antropogénico.
Nuestro planteamiento se apoya fundamentalmente en el trabajo de
Octavi Fullat y Joan Carles Mèlich, que nos ofrecen una interpretación de la
educación como fenómeno humano eticizador, tres son las ideas recogidas:
1. La idea de que el problema de lo humano es
“tener que hacerse”, que no hay otro modo de “humanizarse” sino a través de la
educación, y que por ello es necesario hablar de una estructura educanda del
hombre. Educarse, entonces, es hacerse parte de un modo de ser humano, lo que
nos habla del carácter de lo educativo como proceso
creador de sentido y orientado a finalidades propias de un contexto
histórico-social. La educación es utopía, es proyecto pedagógico.
2. La
idea de que una función esencial de la educación, es hacer prevalecer la visión
antropológica y del entorno del mundo humano que colectivamente se ha
construido y se reproduce en la educación y, por ello, que el proceso educativo
es también un proceso moralizador, que reproduce una idea de lo valioso y la
necesaria adhesión a los valores que representan el proyecto de humanidad en esa cultura.
3. La
idea de que la educación es también, y aunque parezca un contrasentido, un
proceso que no se reduce a la reproducción de los valores de una cultura, sino
que es también un proceso eticizador, lo que quiere decir: un proceso en el es
posible, por la vía del testimonio, que se configure la conducta ética, la que
no reproduce normas y valores, sino la conducta que, sin poder referirse como
adecuada o inadecuada a un valor, es respuesta genuina a la interpelación del
otro.
Una interpretación de la
educación en este sentido, efectivamente, nada tiene que ver con formar a los individuos, eficientizar
sus habilidades productivas, especializar, o incrementar sus competencia
laborales, cognitivas, prácticas o de otro tipo.
Educación como proceso antropogénico
Octavi Fullat y Joan
Carles Melich, hablan de educación como de un proceso en el que cobra forma un modo
específico de ser humano, un proyecto de vida colectiva. Octavi
Fullat, intentando responder a la pregunta Ontológica ¿Que es educar? habla de una estructura educanda del hombre para
explicar a la educación como la posibilidad de existencia del fenómeno humano.
"Ser hombre consiste en tener que educarse", dice (1984). En esta
expresión se condensa la antropología que él quiere usar como fundamento para
su interpretación de la educación como proyecto ético-educativo.
Si ser hombre es tener que educarse, entonces, la educación, es antropogénesis;
es decir un proceso en el que los seres humanos se construyen a sí mismos tanto
en lo colectivo como en lo individual. Todo proyecto educativo, es también, un
proceso moralizador, en él se reproducen continuamente, y no sin cambios, el
sistema y la jerarquía de valores que rigen la vida de los miembros de una
comunidad y por tanto reflejo de los intereses y las expectativas de quienes
definen, para el proceso educativo, finalidades que responden al modo como esa
comunidad entiende el para qué del ser humano, del mundo, de la vida colectiva,
etc.
En el artículo Del animal insatisfecho a los valores: Lo
irreal en socorro de lo real[3], Fullat
y Mèlich (1995) desarrollan la idea de que el ser del hombre es la
in-satis-facción (lo no suficientemente hecho), la incompletud y la falta; y que la educación y los valores que ella
promueve, intentan resolverla, a partir de la utopía, aunque sin conseguirlo.
La educación es proyecto ético-pedagógico en el que lo irreal es invocado en
auxilio de lo real. Dicen allí:
“El
anthropos se nos aparece como bulto de presencia en un hic et nunc... que
denuncia la deficiencia de la bestia humana como ente que sospecha de su propio
menoscabo... la positividad originaria se muda de improviso en espectáculo para
su propia conciencia... El análisis del acto consciente desemboca en la
necesidad de valores... Los valores son irrealidades con las que la conciencia
supone poder un día hartar su nada de.” (Fullat y Mèlich, 1995:22)
Los valores, entonces, son
el horizonte de salvación, son el contenido de la esperanza de completud y de
realización, la posibilidad de salir de la insuficiencia y la insatisfacción,
Fullat y Mèlich lo dicen en estos términos:
“El
transversal axiológico solicitado por la conciencia mendicante siempre
inacabada ¿no señala la posibilidad de un trascendente al mundo que colma las
desdichas ontológicas de la conciencia desgraciada suprimiendo la discordancia
del ser entre lo solicitado y lo obtenido?” (Fullat y Mèlich, 1995:24)
La asunción de ese
horizonte es el cometido de la educación; la educación es el terreno de
encuentro y de acción colectiva en que somos llevados a compartir unos valores
y a comprometernos con ellos. Nuestros autores lo plantean en los siguientes
términos:
“La
ética sólo puede constituirse en las interacciones sociales -como la educación-
que han asumido la insatisfacción y el impulso de con-vivir más allá del
sufrimiento de no-ser, aunque más acá del ser que quiero ser; se constituye en
el esfuerzo por acercar nuestro ser al deber ser que imaginamos como salvación
del desamparo (hipóstasis, sublimación, idealización, construcción de utopía, o
como queramos interpretarlo).” (Fullat y Mèlich, 1995:49)
Es en el proyectó
ético-pedagógico que se comparten, se comunican, se esclarecen y se delinean
las creencias que conforman la esperanza, por ello es tan importante que la
educación no caiga no pierda esta función reduciendo sus expectativas a la
capacitación para el trabajo y a ser palanca del desarrollo económico. El
proyecto de convivencia, que tiene en la esperanza su sentido, no se asoma a un
proceso educativo que no busca sino hacer competitivos a los estudiantes:
competitivos en el trabajo, competitivos en el consumo, competitivos en el
disfrute, pero no en la búsqueda de horizontes de superación de la penuria.
Educación como proceso eticizador
Así pues, en todo proceso
educador se asume, se transmite y se recrea una visión del mundo; pero la
educación, puede ser también, y ésta es una idea que recogemos principalmente
de Mélich, el proceso y el espacio social, en el que puede tener lugar la
eticidad; Él asume que la educación también puede ser el espacio social en el
que los individuos aprendan, por la vía del testimonio, por la vía del contacto
con el otro, en que consiste la ética, en qué consiste ser ético; El espacio de
encuentro en el que se aprende a responder no desde el sistema de valores y
principios de la comunidad, sino desde la radical autonomía del sujeto y su
capacidad de responder a la interpelación del otro, una respuesta que pondrá, a quien la aporta, en la posibilidad de existir
como sujeto ético.
En La zona sombría de la moral (capítulo del libro: Los márgenes de la
moral), Mélich (2010), intenta demostrar que la ética no es un elemento más o
menos relevante en la relación educativa, sino lo que constituye a la educación
en tanto que “educación”. Su punto de vista es que: la ética es estructural a
la relación educativa o, lo que es lo mismo, que sin ética la educación
quedaría reducida a puro adoctrinamiento.
Para explicar su punto de
vista comienza por intentar resolver el problema de ¿qué cabe entender por ética? y lo hace indicando que la historia occidental ha ofrecido dos grandes
respuestas a este problema: la de Aristóteles y la de Kant. De manera muy
esquemática dice, que para el primero: Aristóteles, la ética es la práctica de
la felicidad, mientras que para el segundo: Kant, consiste en la obediencia a la
ley moral. La ética aristotélica gira alrededor de lo que los griegos llamaban
Eudaimonía, felicidad y por tanto ser ético consiste en alcanzar la felicidad a
través de la virtud, mientras que para Kant de lo que se trata es de actuar por
deber, por respeto a la ley.
Mèlich explica que detrás
de todo intento de relacionar ética y educación hay una postura antropológico, en
su caso, se trata, nos dice, de detrás de la antropología levinasiana: la
filosofía de la finitud, cuya tesis central es la de que los seres humanos
somos contingentes, que “no podemos eludir lo histórico, la cultura y el
lenguaje, la memoria y el deseo, los encuentros (y desencuentros) con los
demás, sus presencias y sus ausencias, el sufrimiento y la muerte” (Mélich,
2010:37); pero, se pregunta ¿es posible que surja una ética de esta filosofía
de la finitud? su respuesta es afirmativa, nos dice:
“ lo
que pretendo argumentar –dice- es, en una palabra, que no somos éticos porque
podamos alcanzar principios universales, eternos e inmutables, o porque seamos
autónomos en nuestras decisiones y elecciones, o porque obedezcamos a unas leyes
o a un código normativo, al contrario lo somos porque no nos queda más remedio
que responder de una manera u otra, pero siempre de forma improvisada y
provisional, a las interpelaciones que otro singular nos lanza en cada
situación de nuestra vida cotidiana”. (Mèlich, 2010:36)
Lo que nos ofrece aquí es,
desde luego, una idea de la ética que la separa radicalmente de la moral, que
exige distinguir ética y moral. A través del ejemplo de Antígona desafiando a
Creonte, al enterrar a su hermano, cuando aquel había prohibido hacerlo, Mélich
nos ofrece una idea de la conducta moral. Antígona actúa moralmente al argumentar
que su decisión de enterrar a su hermano se encuentra en conformidad con la
voluntad los Dioses que obligan a los humanos a dar sepultura a sus difuntos,
en tanto que la disposición de no enterrarlo (por haber traicionado a su patria)
no es de los dioses, y que no cree que las proclamas de Creonte tengan tanto
poder como para que un mortal deba transgredir, en función de ellas, las leyes
no escritas e inquebrantables de los dioses; entonces, dice Mélich:
“propongo
entender por moral un texto cultural, un conjunto de principios, que ejercen
una función normativa y formativa para los miembros de una comunidad en un
momento determinado de su historia, un conjunto de principios que otorgan
identidad y sentido y que al menos en el mundo occidental, poseen (cierta)
pretensión de universalidad”. (Mèlich, 2010:39)
La educación, por supuesto, dice Mèlich,
debe moralizar, debe garantizar la asunción de los valores culturalmente
compartidos, por parte de los individuos, debe asegurar:
“…la transmisión por parte de las generaciones
adultas de todo ese marco normativo-simbólico. En este sentido, es obvio que
toda moral nace en una cultura determinada, que no es posible una cultura sin
un tipo u otro de moral y que no puede existir educación sin moral… La moral es
fundamental en la formación de las nuevas generaciones por la sencilla razón de
que todo el mundo tiene necesidad de puntos de referencia, de modelos que
imitar (y, por lo mismo, también que criticar). El referente
normativo-simbólico es imprescindible en cualquier proceso formativo, sea en
términos de continuidad o de cambio, esto es, bajo la forma de la crítica o de
la ruptura.” (Mèlich, 2010: 42).
La ética, en cambio, es
algo distinto. Mèlich explica que la ética no tiene nada que ver con normas,
deberes, o marcos normativos, sean éstos universales o propios de una cultura; pero
que, igualmente, no es un fenómeno ni del ámbito público, ni del ámbito privado,
sino de lo que él denomina ámbito íntimo.
El ámbito en el que los individuos se ven exigidos de respuestas a la
interpelación de los otros. En el ámbito público las respuestas son
construcciones sociales, modos de acción compartidos y reconocidos colectivamente
como valiosos; en el ámbito privado, las respuestas nacen del interés propio,
de la postura individualmente asumida respecto a lo valioso reconocido
colectivamente, supone una decisión personal sobre seguir o no las normas, pero
las respuestas surgidas del ámbito íntimo, no tienen que ver con lo uno, ni con
lo otro, sino con la urgencia de dar cara a la interpelación de ese otro que
actúa frente a nosotros en una situación y circunstancia única e irrepetible.
Dice Mèlich:
“…La
ética es íntima porque es una relación en la que se responde, -en una situación
concreta e irrepetible-, a una demanda ajena. Por tanto, a diferencia de la
moral que es pública y que siempre tiene, al menos en occidente, una cierta
pretensión de universalidad, la ética es una relación íntima y responsiva,
singular, en la que se quiebra, se rompe, la universalidad. No hay ética, como
pensaba Kant, porque mi acto puede convertirse en ley universal, sino todo lo
contrario, porque no puede serlo, (habida cuenta de la precariedad y
contingencia del ser humano). De ahí que la ética sea la zona sombría de la moral”. (Mèlich, 2010:48).
Retomando a Elías Canetti,
Mèlich explica que la respuesta ética no admite terceros o pluralidades, que no
tolera la buena conciencia, rompe el
ámbito público o privado, económico o social, porque no responde a la situación
de te doy para que me devuelvas;
porque no tiene la forma del cálculo o el intercambio, no es negociación o
colaboración, es, dice Mèlich, donación gratuita, en este sentido es “…injusta
y nunca estaremos en condiciones de saber si hemos actuado correctamente, si
nuestra respuesta a la demanda del otro ha sido la adecuada. La respuesta ética
no tolera la buena conciencia.” (Mèlich, 2010:49)
Para ilustrar la conducta
ética, Mèlich nos trae a la memoria el caso de La respuesta de Sofía, la madre
polaca, en Auschwitz, puesta ante la exigencia de elegir a uno entre sus dos
hijos (niño y niña) para entregarlo a la muerte inminente. Reaccionando a la
interpelación del niño, Sofía, la madre, decide rescatar a la niña, en un acto
irrepetible que no puede ser interpretado ni desde una tradición, una norma, un
deber ser, o un cálculo intreresado. Mélich, recuerda las palabras de Baumann
(2002:68) quien dice que la ética, es estar obligado a elegir, a dar respuesta
a una interpelación en medio de una terrible y dolorosa incertidumbre. “… No es
el deber, -dice Mèlich- sea cual fuere éste, sino la adecuación de la respuesta
a una situación singular, la que determina la ética. La respuesta al y del otro
es el espacio, la zona sombría, en el que se configura la escena ética (Mèlich,
2010:55)
¿se puede, entonces,
educar la ética? Si esto es posible, lo será de la mano del testimonio, dice
Mèlich, y remite esta idea al Protágoras de Platón, en el que Sócrates deja muy
claro que si por educar hemos de entender la trasmisión de algo que uno posee a
otro que carece de él, entonces no hay educación ética; sólo si entendemos la
educación en el sentido de construcción colectiva de conocimiento,
particularmente si la entendemos en el sentido de comunicación de la
experiencia a través del testimonio, de la narrativa, de la comunicación
desinteresada, es que la educación eticiza. Toda otra práctica,
reproduccionista, indoctrinadora, formadora,
habilitadora, se aleja de la posibilidad de generar una conducta ética.
Mèlich reconoce no tener
una solución clara que ofrecer frente al callejón
sin salida que pareciera haberse formado y que aparentemente nos debiera
llevar a reconocer que sólo si el alumno es ético ya desde el principio, será
capaz de conducta ética, pues los educadores y sus otros compañeros sólo le
ofrecerán el testimonio de la conducta ética y él debe poder reconocerla y
asumirla. Pareciera haberse llegado a una paradoja al afirmar ética y educación
son la misma cosa, que no hay educación sin ética y, por otro lado que la ética
no se puede compartir, no se puede hacer objeto de estudio, objeto de trabajo
en la formación del estudiante.
Mèlich, llegados a este punto, sólo aspira a remarcar su convicción de que “una
educación ética no puede venir de otro lugar que no sea el de la transmisión
testimonial”. Que no puede ser un contenido de la educación al modo en que lo
es, la física o la historia, que no es una cuestión de saberes elaborados,
cosificados, convertidos en teoría o técnica, que no se trata de ciencia o
adiestramiento práctico. El testimonio no es teoría, no es explicación, no es
dato.
Tampoco se trata dar
ejemplo de la conducta ética, la respuesta ética no es la que ocurre en tales o
cuales circunstancias y en tales o cuales decisiones, no se puede mostrar al
modo en que se ofrecer una manera de actuar para resolver un problema técnico o
teórico en un video o en una explicación descriptiva en un manual de
instrucciones. No se eticiza cuando los profesores se esfuerzan por dar ejemplo
de conductas valiosas, recurriendo incluso a la propia experiencia para ponerse
de ejemplo o modelo a imitar por sus alumnos. Estas prácticas, dice Mèlich, no
conseguirán sino mantener prácticas autoritarias, sin relación con la
posibilidad de comprender el sentido de respuesta autónoma, única, propiamente
ética. El testimonio, la narración de la experiencia ética, y su explicación
como conducta irrepetible, sin el propósito de convertirla en norma, sería la
única vía de acercamiento a la ética en el aula.
“El
testimonio -dice Mèlich- es, en primer lugar, de aquel que ha vivido una
experiencia. Ésta, no obstante, no es algo que uno hace…, sino algo que me
acontece, que me sucede, que irrumpe de repente y me forma, transforma o
deforma. Por eso la experiencia no entra dentro del ámbito de la acción si no
de la pasión; pero el testimonio es también el que es capaz de empalabrar su
experiencia. Y es aquí el lugar en el que surge la narración… La experiencia no
puede sino ser narrada… la transmisión testimonial permanece abierta o, lo que
es lo mismo, vive del equivoco, de la ambigüedad … La narración testimonial
transmite una experiencia que no tolera ser imitada y que, en todo caso
permanece como inicio, no como término … Que La obertura es un elemento
imprescindible en la transmisión testimonial significa que está sometida a la
infinita interpretación, no a la repetición no a la imitación…” (2010:57-60)
Aunque no ofrece una
didáctica de lo ético, Mèlich si destaca suficientemente la necesidad de
promover en el aula una sensibilización del estudiante, de crear las
condiciones para suscitar una sensibilidad ética desde la transmisión
testimonial, narrativa. Intentando una aproximación a los mecanismos concretos
de esa sensibilización, Mèlich, explica que las acciones, las actividades y
tareas del testimonio se concretan en una “pedagogía literaria, poética,
narrativa, que no habla ni de programaciones, ni de planificaciones, ni de
competencias” (Mèlich 2010, p. 60), una pedagogía que no pretenda ser normalizante,
generalizadora, indoctrinadora, que no aspira a la eficiente o al éxito, ni
dentro, ni fuera del aula. Una pedagogía “de estilo, de efecto de formación, de
azar, de acontecimiento, de tacto, de juego” (Mèlich, 2010:60), mientras que la
pedagogía competitivista y eficientista se apoya, y busca formar en, un
espíritu científico, objetivista, causalista.
Alternativa a las concepciones
eficientistas y competitivistas
Recapitulando, me gustaría
insistir en la idea de la cultura como el proceso colectivo de creación de
sentido; es decir, que nuestra visión del mundo y sus efectos sobre la vida
colectiva no son algo que se nos imponga fatalmente y que no podamos influir,
sino todo lo contrario que tanto las ideas, a partir de las cuales actuamos,
como las interacciones que sostenemos entre los seres humanos y con la naturaleza,
constituyen el resultado de nuestro propio hacer; esta idea, por supuesto,
tiene tras de sí una antropología que concibe al hombre como un ser que trae
cosas a la existencia. como productor de sentido y como ontocreador y una idea
de lo real, una ontología, irreductible a esencias perennes o a estructuras
fundamentales inamovibles, todo lo contrario una comprensión de lo real como
haciéndose constantemente y siempre abierto, siempre emergente, siempre
inacabado, abierto a la contingencia, a la emergencia, a la ruptura, a la
discontinuidad, que se complementa con una idea del hombre, también, en un
permanente estado de abierto.
Concebir al hombre como ontocreador,
es también pensarlo como productor de sentido, y a la educación como proceso
antropogénico; como el proceso en el que los seres humanos se construyen a sí
mismos en lo colectivo y en lo individual y construyen también sus interpretaciones
y sus sistemas simbólicos, como el
espacio social en el que la producción de sentido, es asumida como tarea
específica. La educación es, desde este punto de vista, internalización de una
visión del mundo, de unos esquemas de significado, de un universo simbólico, y de
una ética para las interacciones humanas.
Si aceptamos que la
educación es el proceso en el que se construyen tanto los sujetos como el
sentido de la vida social, hemos de reconocer entonces, la necesidad de actuar
desde la educación, desde la formulación de un proyecto ético pedagógico, para
promover, por la vía del testimonio y el diálogo, una alternativa de cambio
frente al individualismo posmoderno, frente a la deshumanización y la
incertidumbre y frente al eficientismo; promover una utopía, en la que el
hombre, la comunidad, la esperanza, constituyan los ejes de la vida social y del
hacer humano, una utopía que convierta finalidades en aspiración y horizonte y
no que busque la reproducción de conductas eficientes y certeras.
La utopía no sólo
constituye imaginación y deseo, es sobre todo discurso crítico, hacer utopía es
ofrecer un artefacto didáctico que permita, en el proceso educador, ver lo que
de otro modo no es visible, aquello que intencionalmente o sin intención queda
“oscurecido”, imperceptible, como es el caso de la ética como respuesta
autónoma y genuina. En cuanto proyecto educativo, la utopía encierra, también
una promesa; quiere romper el cascarón de lo aparente, para acceder a lo otro
posible a partir de la inconformidad con lo existente y la conciencia de su
insuficiencia.
FULLAT, O. 1984. Verdades y trampas de
la pedagogía. Barcelona, CEAC.
FULLAT, O. y MÈLICH, J.C. 1995. Del
animal insuficiente a los valores, en Concepción Naval. Cuestiones de antropología de la educación.
Págs. 17-60. CEAC. Barcelona,.
MÈLICH, J.C. y BOXADER, A. (Coords.)
(2010) Los márgenes de la moral Una
mirada ética al educación. Barcelona, Editorial grao.
[1] Ensayo en imprenta en, José A. Mateos Castro, Ángel Xolocotzi Yáñez.
Coord. (2012) Los bordes de la filosofía:
Educación, humanidades y universidad. México, Editorial Itaca.
[2]
Doctor en pedagogía. UANL.
[3] FULLAT, O. y MÉLICH, J. C. (1995) Del animal insuficiente
a los valores, en NAVAL, C. Cuestiones de
antropología de la educación. Págs. 17-60. (Barcelona, CEAC).
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